Diagnóstico temprano
- Iniciativa Capitalismo Social
- hace 6 días
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Jorge Arechavaleta Zambrano

En noviembre de 2020 a mi hermano le diagnosticaron cáncer: una masa de células anómalas que se multiplicaban sin control en el hueso del peroné, justo al lado de la rodilla. Es un hueso que solemos considerar irrelevante. Durante años había sentido molestias, dolores leves que atribuía a sus actividades físicas: subir cerros, hacer calistenia, mantenerse activo. Nada que lo detuviera.
Por recomendación de mi papá, que es médico, fue con un fisioterapeuta. Estiramientos, ultrasonido, descanso. Nada funcionaba. Hasta que un día el dolor fue demasiado insistente. Mi papá decidió llevarlo a hacerse una resonancia. Al ver los resultados, notó una mancha anormal. Pidió otras opiniones. Más estudios. Y llegó la frase que nadie quiere escuchar: era cáncer.
Las señales estaban ahí. Su cuerpo lo decía. Si mi papá no hubiera tomado la decisión de actuar a tiempo, es probable que mi hermano hubiera perdido la pierna, como ocurre con muchos pacientes cuando el cáncer óseo se detecta tarde, o incluso la vida. Pero actuamos. Se reconoció el problema cuando aún era tratable. Por eso, hoy mi hermano está vivo y libre de cáncer.
Así como el cuerpo de mi hermano dio señales, hoy tenemos un estudio que nos advierte que algo no está del todo bien. La nueva Encuesta de Percepción del Empresariado y el Capitalismo nos ofrece un diagnóstico temprano.
Los resultados a primera vista son relativamente positivos: a nivel nacional, 69% de las personas tienen una opinión favorable sobre el empresariado. En Monterrey, esa cifra sube a 83%. Además, 71% considera que los empresarios contribuyen al progreso del país. Pero debajo de esa superficie optimista hay señales que no podemos ignorar.

Solo 32% de los mexicanos dicen escuchar comentarios positivos sobre los empresarios en su entorno cercano. En Monterrey, solo 35%. La confianza tampoco es sólida: apenas 56% de los mexicanos confían en el empresariado. Es decir, hay un respeto generalizado… pero no una conexión emocional ni social profunda.

Más revelador aún es lo que las personas sienten que falta: solo 51% cree que al empresariado le interesa el bienestar de sus empleados, y apenas 48% considera que se preocupa por reducir la desigualdad. Reconocen el aporte económico, sí, pero no el compromiso social. La encuesta nos dice que las expectativas son claras y razonables: horarios flexibles, seguro médico privado. No están pidiendo una revolución. Piden cercanía. Piden humanidad.

Ya hicimos la resonancia. El dolor está ahí. Y aunque el sistema no está colapsando, hay señales que no podemos ignorar. La encuesta revela con claridad qué es lo que más le exigen los mexicanos al sector privado: en primer lugar, hacerse responsable del desempleo; en segundo, de la desigualdad; y en tercer lugar, de la contaminación.
Y lo más revelador es que incluso cuando el sector privado sí actúa, la percepción no lo acompaña. Cuando se preguntó a la ciudadanía si los salarios han aumentado, 56% respondió que sí. Pero al indagar quién creen que fue responsable de ese avance, la mayoría le atribuye el mérito al gobierno, no a las empresas que realmente lo hicieron posible.

Como en el caso de mi hermano, aún estamos a tiempo. El diagnóstico llegó en una etapa temprana. El “tumor” está contenido. Pero si no hacemos nada, si ignoramos las señales, si no cambiamos el rumbo, el daño puede ser irreversible.
Hoy el empresariado tiene dos caminos: ignorar las señales, o atenderlas a tiempo. El diagnóstico está claro. La percepción general sigue siendo positiva, pero ya se empiezan a notar las grietas. La confianza es débil, las conversaciones en el entorno social son tibias, y la narrativa no está en manos del sector privado.
El país reconoce que las empresas contribuyen al progreso, pero al mismo tiempo exige algo más profundo: que también velen por su gente. Ahí está su área de oportunidad. Eso es lo que genera legitimidad duradera. Mejorar sueldos y prestaciones, contribuir a la solución del cambio climático, combatir la corrupción, y garantizar oportunidades para las mujeres.
A quienes ya lo están haciendo, les toca contarlo. Con contundencia, con claridad, y en los formatos y lenguajes de este tiempo.
El empresariado tiene hoy un capital reputacional positivo, pero frágil. Si no lo invierte en acciones concretas que conecten con las personas, si no escucha, si no actúa, se arriesga a perderlo todo. Así como el cáncer pudo haberle arrebatado la vida a mi hermano, la falta de compromiso con el bienestar colectivo puede terminar por erosionar las empresas, su legitimidad y el modelo económico que hemos defendido.
Estamos a tiempo. Pero ya no hay margen para esperar.
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